CAMERÚN, AL NORTE

En enero del 2012 Xisela sale con un contingente de la ONG Pozos de Agua Mayo Rey desde Vigo hacia el norte de Camerún. El cometido de estos cooperantes era poner en marcha unos pozos de agua en un territorio que carecía de ella, donde las mujeres deben caminar entre 5 y 10 Km al día para abastecerse del agua diaria necesaria. La artista narra en primera persona su experiencia.

«La llegada a destino fue indescriptible, escenas de niños que se acercan corriendo descalzos al coche gritando y dándonos la bienvenida; imágenes que se repiten en otros lugares del mundo a la llegada de ayuda humanitaria, pero que siguen impactando al viajero que a su llegada lo experimenta. ¡Qué belleza de paisaje humano!

A medida que pasaban los días estos mismos niños se iban acostumbrando a nuestra presencia, e íbamos desvelando algo de esas caras curiosas. Se necesita mucho tiempo para deducir aquellos gestos, qué piensan; se precisaría la paciencia de un antropólogo y un espíritu abierto y limpio como el de ellos. Lo que esas miradas de niños que maduran muy temprano esconden sólo podemos interpretarlo desde nuestra mentalidad occidental, lo que esas sonrisas nos transmiten es algo ya olvidado en las ciudades desarrolladas. Sólo podemos observar, admirar, y desistir en el empeño por entenderlo todo. En nuestras vidas de urbanitas hemos olvidado el precio que se paga por vivir en la abundancia.

Nos encontrábamos en la provincia norte, con la base en Rey Bouba, una ciudad-aldea de unos 6000 habitantes que es capital del departamento de Mayo Rey que tiene una extensión de 40.000Km2 (10.000 más que la superficie de Galicia), y una población estimada de 250.000 habitantes. Es en el norte de Camerún donde se concentran una gran parte de ese 20% del país que abraza la fe islámica (aunque también hay cristianos y las distintas religiones conviven pacíficamente). Estamos dentro del Lamidato de Rey Bouba. El lamido es un Emir, un monarca o jefe espiritual y político al que el todo el lamidato (unos 60.000 habitantes) rinde culto y respeta. A través del gobierno central no se hubiera conseguido realizar un solo pozo.

La misión del documental era retratar la problemática del agua. Las fotografías, fijas o en movimiento, siendo imperfectas, ayudan a recordar el viaje; y lo más importante, a contarlo y explicarlo a los demás. Si logramos capturar la belleza de lo cotidiano, lo poético se torna ético. En esa transformación se convierte el yo, y algo de esto espero que llegue al espectador.

Las imágenes se grabaron en diez días y con tres cámaras distintas (una Canon 7D, una Panasonic HDVX200, y una GOPRO), tiempo muy escaso para establecer una negociación justa con el lugar y con sus gentes. El equipo de rodaje estaba formado por mi compañero Alfonso Álvarez y yo, él se ocupó del sonido e hizo todo lo que estaba en su mano por facilitar el trabajo. No hubo descanso en nuestra obsesión por capturar lo máximo posible. Pasamos la mayoría del tiempo en Rey Bouba, pero recorrimos también los pueblos cercanos y hablamos con sus gentes del problema del agua, en ocasiones acompañados por un traductor francés-fulfuldé. Tras una primera toma de contacto más distante en que explicábamos nuestra misión, sólo encontramos generosidad.

El montaje lo realicé en cuatro meses. La parte creativa del montaje es otra parte esencial del trabajo audiovisual, se trata de conseguir articular las imágenes con la delicadeza de una costurera evitando lo grosero y la sensiblería fácil. No había guión de antemano. La voz del lamido Aboubakary sería el hilo conductor. Debía además buscar un equilibrio entre mi tendencia al documental de creación, y la evidente realidad de hacer una obra descriptiva para recaudar fondos.

Mientras los países ricos tenemos las necesidades básicas cubiertas (aún en tiempos de crisis y con puntuales excepciones), actualmente mil millones de personas en el mundo no tiene acceso al agua potable. Es en África donde se encuentra concentrada gran parte de esta realidad. No pienso que debamos culpar a Europa de lo que allí sucede, fomentando un inagotable complejo de culpa; pero sí creo que es bueno tomar conciencia de que allí nos necesitan, y contribuir allí y aquí en lo que se pueda.

La historia nos cuenta que los europeos hemos ejercido la trata de negros, provocado guerras en nuestro proceso colonizador y aún después de éste; y seguimos colonizando el continente de muchas maneras, expoliando sus recursos, agotando sus costas, contaminándolas con residuos, en definitiva añadiendo más complicaciones a las que ya tienen allí.

Es labor de todos los que creen que pueden aportar un grano de arena contribuir a ennoblecer un continente, que de caer por completo, se llevará al resto de la humanidad consigo. El problema de África es un problema para el mundo y no podemos esperar a que se resuelva sólo».